Continuacion. Que sera de las librerias?

En algún tiempo, en España, las librerías tuvieron tanta importancia social (y política) que resultaron objeto del odio de los que, como Goebbels, veían en la cultura una amenaza. En la revista Texturas (marzo 2011) Lola Larumbe, de la Librería Rafael Alberti (Madrid), recuerda cuando su establecimiento fue asaltado por terroristas que entonces, en el inmediato posfranquismo, tenían los libros en el punto de mira de su odio nostálgico.

Ahora los problemas de las librerías no son esos, dice Larumbe. Ahora el problema de las librerías se encierra en una pregunta: ¿Resistirán? Los libreros dicen que sí, pero tienen muchos problemas, y en primera fila está el que afecta a la edición de libros, a la música, al cine y a la prensa: ¿resistirán el desafío tecnológíco? ¿Resistirán, sobre todo, a la piratería?

Los datos no animan al optimismo. Actualmente quedan en en España 4.500 librerías. Desde 2005 el sector vive una cierta estabilidad (los años anteriores cerraban 90 por cada 60 que abrían), pero se espera que su número vuelva a bajar.

En la Feria Internacional de Guadalajara dijo el escritor Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios: "Cuando cunda en serio el libro electrónico esta profesión tan honorable [la de editor] que empezó algo después de Gütenberg hace 500 años va a quedar más descontinuada que la de relojero o la de deshollinador".

Para los libreros no es menos preocupante la situación. Por lo menos, dice Paco Goyanes, de la librería Cálamo (Zaragoza), es "enrevesada". Dice Goyanes, en cuya librería se juntaron 125 libreros, editores y distribuidores para hablar de estos asuntos: "Sufrimos (literalmente: casi nadie subraya la carga de dolor que supone la crisis para la mayoría de la población) la crisis económica y social que soportamos todos los españoles, aderezada con algunos elementos propios del sector".

Esos elementos son preocupación común de los libreros: la fuerte caída de las compras institucionales (bibliotecas, centros de enseñanza, Ayuntamientos); un mercado sobredimensionado, con un exceso de oferta que estrangula las librerías y que, dice Goyanes, "recuerda la crisis inmobiliaria".

Tampoco las cifras de lectores son buenas. Un 91,1% de la población declara leer, pero de ellos solo el 55% dice que libros. Eso sí, de estos, el 41,3% afirma que lo hace a diario.

Goyanes ve la situación "enrevesada". Pere Duch, de Babel (Castellón), la ve "mal, muy mal". "Nunca habíamos vivido una situación tan crítica". Los bajos índices de lectura, la progresiva implantación de las nuevas teconologías y su incidencia en el mundo de las librerías, los sistemas de venta de libros de texto impuestos por la Administración, la "desmesurada" competencia en una ciudad pequeña, y la crisis económica son los que convierten en "muy mala" esta situación "enrevesada".

Ese es el presente. ¿Y el futuro? Duch cree que "es muy incierto"; para seguir, "las librerías habrán de dar cabida al libro de papel y a los contenidos digitales" y "deberán buscar la fuerza del asociacionismo, librerías interconectadas que serán capaces de proporcionar mayores ventajas y servicios a sus clientes". Para sobrevivir, dice Concha Quirós (Cervantes, Oviedo), lo que han de hacer los libros es "ejercer su función, que no es otra que ejercer de asesor e intermediario entre el autor y el lector. Las librerías independientes, las que quedamos, tenemos asegurada nuestra pervivencia si somos capaces de ejercer como libreros".

Rodrigo Rivero (Lé, Madrid) añade un sustantivo a la lista de adjetivos fatales: la situación actual, dice, es "de incertidumbre". Pero él es optimista. En primer lugar, "el libro en papel seguirá teniendo durante un gran plazo de tiempo un papel preponderante con respecto al libro electrónico". Pero, para que se cumpla esa versión optimista, "lo que tendríamos que hacer las librerías es adecuarnos a los tiempos, reformar nuestros sistemas informáticos, tener potentes webs de venta para todos los formatos, aparecer en las redes sociales, ofertarnos como espacios culturales para dinamizar las zonas geográficas donde nos ubicamos..." Y, además, "maridar el libro con otros componentes culturales como la gastronomía, la fotografía, la pintura, los viajes... Y, por supuesto, estar muy pendientes del desarrollo e incoporación a la demanda del libro electrónico".

Juan Manuel Cruz, de la librería Rayuela (Málaga), dice que "la situación es bastante complicada". El libro ha perdido mercado, al menos "en un 30%" en los últimos tres años, lo cual ha puesto en riesgo "la viabilidad de las empresas". Las librerías han sido dañadas por "políticas demagógicas" como las que hablan de "la gratuidad de los libros de texto que han convertido a estos libros en mercado de votos electorales".

Hace aún más complicada esta situación lo que Cruz llama "cruzada contra el libro papel y la alabanza al libro digital". Dice que "lo que durante siglos ha sido un valioso objeto social, se ve degradado a un objeto obsoleto que hay que sustituir con urgencia"; esa prisa para sustituir el libro tradicional deja "como marginales" los problemas de la piratería y la pérdida de derechos de autor.

El presente es, afirma Cruz, "tan tormentoso como atractivo". Ya se ve por qué es tormentoso, "pero también supone un reto. Hasta hoy, el mundo de la librería independiente ha sido capaz de superar las amenazas de muerte que han significado los distintos cambios tecnológicos (como el CD-ROM)".

Fernando Valverde, presidente de la Confederación de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), considera que "el impacto de la crisis ha tardado algo más en llegar" al mundo del libro que a otros sectores. Pero la crisis convierte la situación "en un momento complicado a la vez que interesante". Se nota "el descenso en las adquisiciones de libros para las redes bibliotecarias" y "ha descendido la venta directa en las librerías".

"La alarma" ante la llegada de los formatos digitales es como una gota malaya; se ha suavizado a medida que ha habido más información sobre los dispositivos de lectura. Valverde cree que las pequeñas y medianas librerías "están soportando mejor estos momentos que las cadenas y las grandes tiendas".

Según él, "tienen una mayor capacidad de adaptación a los momentos duros"; saben, además, "que no es posible crecer siempre y a cualquier precio"; cree que "las dificultades de grandes cadenas en Estados Unidos e Inglaterra, caso de Borders; el cierre de las librerías Crisol en España, y la reciente absorción de la cadena Bertrand por Casa del Libro, hablan por sí solo de las dificultades de soportar estructuras gigantescas, en donde el elemento humano, la calidez del trato, la integración con los entornos es más complicada que en la red de librerías independientes".

Esas sombras no le hacen perder el optimismo. "Nunca como ahora se ha leído tanto. Abren nuevas librerías, con gente joven al frente... En la última década también han irrumpido en el mercado nuevos editores, jóvenes, haciendo apuestas por literatura de calidad, haciendo objetos bellos y apetecibles".

El miedo está ahí. Paraliza, dice. "Pero no debemos perder energías en intentar enfrentar los soportes. No son excluyentes porque la experiencia de leer en papel y la de hacerlo en pantalla son esencialmente distintas. Y las dos son buenas. Y las dos pueden y deben y creo que convivirán mucho tiempo".

"La peor amenaza", afirma, "es no hacer nada. Es resistirse numantinamente a los cambios que se están produciendo. Junto a esto es obvio que el anuncio de la llegada de plataformas como Amazon, o la irrupción en el mercado digital de operadores ajenos hasta ahora al sector del libro suponen nervios y expectación, y, por qué no decirlo, algo de miedo. Es imprescindible que la actitud de la Administración y de los editores sea inequívoca a la hora de buscarse los mejores aliados". Y él cree que los mejores aliados "son los libreros españoles".

Montse Moragas, de Laie (Barcelona), pone énfasis en los peligros que trae la piratería al mundo del libro, "ese es el problema más grave", pero avisa de otra amenaza: "La desintermediación", que el librero "se quede fuera de juego, que no sepa evolucionar para seguir jugando un papel determinante en el mundo de la cultura; que adopte una actitud defensiva y victimista y deje pasar la oportunidad de posicionarse claramente en el mundo digital". Según ella, esa oportunidad llevará al librero "a nuevos públicos, que hasta ahora no frecuentaban las librerías. Las librerías tienen que vender libros en todos los formatos, y además de la presencia física tienen que vender virtualmente".

¿Y qué puede hacer la Administración? La respuesta es unánime: tomarse en serio las librerías como centros de agitación cultural, como otra forma de bibliotecas, algo así como lo que dice Luis Landero: recuperar las librerías "como centro del mundo".

A eso apunta Lola Larumbe: "Creo que la salud de las ciudades, de los barrios, de los pueblos de un país se debería estimar por el número de librerías que alberga y por la calidad de éstas. Parece que no ha habido mucha gente con capacidad de decidir que haya visto esto, que le haya importado el empobrecimiento paulatino que han sufrido los barrios de una ciudad tan importante como Madrid con el despojamiento de sus librerías. Librería y biblioteca, formando un núcleo duro de actividad, deberían estar siempre en el horizonte de los gestores culturales públicos".

"Ir a la librería", concluye Larumbe, "es un signo de humanismo, de humanidad, y es la pérdida de ésta la gran amenaza".

Ariculo del Mes

Continuacion de Entrevista a Riccardo Cavallero

P. Y con el libro digital, esto cambia.

R. El poder pasa al lector, que es quien decide lo que quiere, cuándo lo quiere, cómo lo quiere y a qué precio. Podríamos compararlo con la revolución de Copérnico. No es el mundo el que da vueltas alrededor de la Tierra, sino que la Tierra es un planeta que da la vuelta alrededor de un sol, el consumidor, el lector. Este es el gran cambio.

P. ¿Y se recibe naturalmente?

R. El mundo editorial no está listo para esto. Lo que marcará la diferencia -como con los dinosaurios- es que para sobrevivir hay que cambiar de hábitat. Y hay muchos que en este momento no tienen la fuerza mental para cambiar su forma de trabajar...

P. Al menos ya está el e-book ocupando su terreno..., y las editoriales son las que los están adoptando...

R. El e-book como tal no vale nada. Ya nace viejo. Lo importante es la revolución digital, cambiar nuestra forma de trabajar contando con el lector que está al otro lado. Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. Hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería.

P. ¿El editor tiene que ser distinto?

R. Lo será sin duda. Ha habido un momento en que no se sabía si el editor era impresor o distribuidor... Cambia la forma de vehicular y entregar un contenido. Creo que en cinco o diez años el editor será un bibliotecario. Manejaremos un contenido que tendremos que alquilar. Ya no seremos propietarios de algo, sino que poseeremos lo que nos sirvan en el momento.

P. Entonces, el papel del editor será menos importante.

R. Seguirá siendo muy importante, pero no será el mismo, será un poco diferente. La revolución digital es un cambio impresionante, pero lo que no cambiará durante un tiempo largo de este camino es la forma de creación, de escribir. Lo digital no va a influir en esto a corto plazo. El escritor hará experimentos. Ya se han hecho libros de SMS, libros para móviles... En esta primera fase hay una gran borrachera: el autor está convencido de que el editor ya no le sirve, que es el agente el que tiene que hacer su labor. Lo que ocurre es que hoy día encuentras un montón de informaciones disponibles, montones de libros que uno se puede autoeditar sin ningún problema, pero no sabes cómo manejarlo... El editor encontrará y mantendrá su papel, que es el de enseñar a hacer una selección, y por otro lado tendrá que estar muy atento a lo que los lectores quieren... Si no, se quedará fuera. Las posiciones de privilegio de estos últimos siglos, reducidas básicamente a la distribución física, se acaban... En diez años, esto no existirá. Los editores de grandes grupos, que han basado su éxito en la distribución, tendrán que buscar nuevas ventajas competitivas porque todo esto se va a liberar...

P. ¿Qué va a pasar con los derechos de autor? ¿Se escurrirán como el agua en la cesta, como cantaba Harry Belafonte?

R. ¡Ja, ja, ja! Más o menos. Sí es verdad que cambia el papel del editor. Será un editor que no venderá algo, sino que lo prestará. Creo que en el mundo digital, el editor tendrá lo que hoy día es una televisión de pago, con unos canales que venderá por suscripciones... Entonces inevitablemente tiene que buscar también la fórmula de liquidar los derechos. Estamos acostumbrados a hacerlo de una manera simple: liquidamos los derechos por cada ejemplar vendido. Esto ya no puede ser así, como en las películas de cine. La entrada generaba unos derechos para la película. Creo que eso tendrá que cambiar también con respecto a los libros. Es más complicado, porque el cambio se producirá en unos veinte años, posiblemente. Y hoy día el digital ya está generando muchos problemas para los abogados porque es difícil cuantificar el dinero necesario para pagar los derechos. Ese es el problema.

P. ¿Usted cree que se entenderá que no compramos el libro, sino que lo tenemos en préstamo?

R. Cuidado. Como editores, el partido lo ganará quien consiga trabajar sobre el contenido. Mi objetivo es vender, y por eso no creo que desaparezca el libro en papel. Como en los periódicos, creo que estamos en el amanecer del digital. Si yo compro el Financial Times desde la suscripción digital, tengo también derecho a recibir la copia en papel. Igual que un libro. Si quiero venderte el último libro de Murakami y tú compras el libro físico, con el precio que me estás pagando por ese libro tienes derecho a otras opciones: lo tienes en papel, lo tienes en digital. Y esta es una forma de comprar que seguirá existiendo, pero conectadas ambas formas, porque el papel sin digital no se podrá hacer a corto plazo...

P. Y luego está el alquiler...

R. Sí, la forma por la que opta otro tipo de lector que no quiere comprar ese libro, sino que quiere alquilarlo, como en una biblioteca. El que dice: "Yo quiero una suscripción de diez euros al mes con la que tenga acceso a una oferta de libros". Y esos libros pueden ser todas las novedades, o toda la novela rosa, o lo que sea... Son dos clientes diferentes, pero, cuidado, son dos formas de disfrutar de un libro... Puede ser que mucha gente quiera comprar libros de Murakami, García Márquez o Vargas Llosa para conservarlos en la biblioteca y prefiera otros libros de entretenimiento, como la novela histórica, con la que disfrute leyendo pero que no quiere guardar en casa...

P. El editor parece el capitán de un barco, y el mar convoca dos sensaciones: soledad y miedo. ¿Tiene usted ahora alguna de esas dos sensaciones?

R. Si me permite bromear, soy muy bueno en natación y por eso el mar no me da mucho miedo. El mar te produce una sensación de profundo respeto porque sabes que tienes delante una ola muy fuerte que te puede arrastrar. En el mundo literario ocurre más o menos lo mismo... Producir libros es la cosa más simple. El trabajo de un editor es entregar los libros al lector de una forma clara e inteligible y eso solo lo puedes hacer a través de tus colecciones y de tus sellos. Y desde el punto de vista de la gestión, de la que también me encargo como publisher [el responsable global de una editorial], de eso es de lo que me encargo. La empresa se construye alrededor de la figura de los editores; ellos son el corazón del negocio. Mi receta es muy simple, es la única que conozco y es la que aplico en América, en Europa, y hasta ahora ha funcionado. Nada de soledad o de miedo. El miedo empieza cuando empiezas a olvidarte de esto y subes la producción para llegar a una facturación que es efímera, a recoger devoluciones...; es entonces cuando el mar te hunde y acabas como en la película La tormenta perfecta.

P. ¿Estamos en una tormenta?

R. No, no es ninguna tormenta. Estamos en el momento del gran cambio por lo que ocurre con el digital. Un momento en el que debemos tener las agallas de renunciar a los privilegios que hemos conseguido, y que nos han mantenido como líderes hasta ahora; es un momento para reinventar nuestro trabajo; como todos los momentos de cambio, este puede ser doloroso, incómodo, porque como mínimo hasta ahora lo controlabas todo, lo sabías todo de tu mundo. Ahora hay que asumir riesgos, hay que tener mucha curiosidad, experimentar y, sobre todo, estar entrenados para equivocarnos. Quien en los próximos cinco años no se equivoque, y no se equivoque de manera importante, creo que no llegará a los diez años.

P. Ya hay riesgos. El pirata está ahí esperando a que sea rentable robar libros.

R. Sí. La piratería es un hecho muy serio, muy doloroso, en algunos países más que en otros. Pero, si me lo permite, los piratas son los únicos que conocen de verdad los best sellers. Para un autor, ser pirateado es casi una satisfacción porque significa que está vendiendo mucho. ¡El pirata nunca se equivoca...! Ahora, hablando seriamente, el asunto de la piratería es correcto combatirlo todo lo que se pueda, pero si le digo la verdad, la responsabilidad de la piratería (hablo de la digital sobre todo) la tienen los editores... La música no tenía barreras de idioma, la vendían muy cara, te obligaban a comprar un cedé para que terminaras escuchando una sola canción. A nivel comercial, esto era sin duda un estímulo para piratear. Todos hemos pirateado música; a los doce o a los quince años hemos grabado una canción de un disco para darle una casete a una novia que nos gustaba. Creo que no hay nadie en el mundo que no lo haya hecho. Por tanto, no hay que asustarse por eso.

P. Pero es un problema para el editor...

R. Cuando la piratería se convierte en un fenómeno económico tan relevante, no es la policía la que lo tiene que solucionar. Hay que buscar una solución económica a nivel editorial. Para el libro, sin duda, ha sido la edición de bolsillo, que no ha tenido hasta ahora un desarrollo completo ni en el mundo de habla hispana ni en el italiano. Pasará lo mismo con el libro digital. Piratear el digital es mucho más fácil. Y además, si el consumidor digital quiere algo, lo quiere ya, no está dispuesto a aceptar los planes de la editorial. Lo quiere ya, y si lo encuentra en otro sitio, lo piratea.

P. ¿Así de fácil?

R. Yo no soy un pirata, pero me cargo los Beatles en mi iPod si no los puedo comprar. En el digital, lo que los editores tienen que entender cuando digo que perdemos el poder es esto: nosotros no mandamos ya, ya no decimos: "Esto te lo doy, esto no te lo doy". Alguien dice: "Si no me lo das, lo encontraré, existe en algún lugar del mundo...". Tenemos que cambiar nuestra actitud, perder el poder significa que no mandamos nosotros y que tenemos que respetar de verdad al consumidor. Respetarlo significa darle lo que quiere y al precio que quiere. Tenemos que cambiar nuestra mentalidad, saber construir una estructura económica que pueda aguantar este cambio. Si no somos capaces, no mereceremos seguir como editores. Eso se llama selección natural. ¡Creo que Darwin sigue siendo mi luz!

P. ¿Todo el poder es del consumidor?

R. No. El poder lo tienen el escritor y el consumidor. El editor es un intermediario, un contacto. Lo que hará es poner en contacto al escritor con su público, que también cambiará porque es un público que tiene una comunidad de intereses, ya no es el público de antes que todos conocíamos. No. Se sabía quiénes eran aquellos a los que les gusta la novela rosa en la que hay sexo... Con la novela digital estamos vendiendo mucho más el sello de la novela rosa porque hay mucha gente que se avergüenza de ir por la calle con un libro rosa. Y se lo lee en el digital. Como pasaba con el porno, que lo llevabas dentro del Financial Times... Por volver al principio, ¿pierde poder el editor? Sí, por supuesto, tiene que perderlo. El poder lo tiene el autor que escribe, y mi trabajo como publisher es ponerle en contacto con su público. Si no, el autor me dejará por otro que sabe cómo llegar a su público. Antes el problema principal era saber distribuir y llegar con la distribución, y eso era verdad tanto para el editor grande como para el pequeño. Ahora no hay distinción entre el editor grande y el pequeño. La herramienta ha bajado tanto el coste que ya no existe esa diferencia. Ahora no hay excusas para decir que uno no consigue ser exitoso porque es pequeño y los grandes grupos lo están matando. Ahora se va a ver de verdad quién vale algo.

Continuacion de Entrevista a Juan Marse

Seis años después de Canciones de amor en Lolita's Club, Marsé (Barcelona, 1933, premio Cervantes 2008) reaparece con una novela de reencuentros con su imaginario: Caligrafía de los sueños (Lumen). En ella se hallan la escenografía real mítica de su barrio, la novela de formación, las aventis, el inconfundible estilo de una prosa ásperamente perfecta, una historia de amor y un niño que se enfrenta a descubrimientos y a decisiones. Hay ciertas similitudes entre la biografía de Marsé y la adolescencia de Ringo, por eso es inevitable la primera pregunta.

PREGUNTA. ¿Estamos ante la novela de su vida?RESPUESTA. Pues no. No conseguiría distinguir eso que se llama novela de una vida porque puede que más adelante escriba otra que merezca esa distinción. Se me escapa el concepto. No obstante, sí tiene algo de recapitulación de unos temas habituales en mi narrativa. Temas y subtemas que remiten a otras novelas, y aún más la escenografía. Quería hacer algo diferente, pero ha salido esto.

P. En Caligrafía de los sueños vuelve a ser determinante la adolescencia.

R. La infancia y la adolescencia son importantes para todo el mundo, no sólo para los escritores. En esta novela se cuenta el tránsito de la adolescencia al umbral de lo que será la madurez, pero no lo considero el tema central. Para mí, el tema central es la señora Mir.

P. En la página 20, Ringo intuye que "lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido".

R. Eso es un homenaje a la ficción. A veces hay más verdad en la ficción literaria que en la realidad cotidiana. Por ejemplo, a menudo leo cosas en la prensa que no me las acabo de creer. Lo diré de otro modo: para mí, Madame Bovary es más real que doña Esperanza Aguirre, pero insisto, no es más que un homenaje a la ficción narrativa.

P. Ringo trabaja en un taller de joyería, actividad que usted también desarrolló. Una vez más, su prosa parece limada, no sobra ni falta nada. ¿Le influyó ese trabajo a la hora de pulir la prosa?

R. En el taller aprendí a trabajar artesanalmente, con mucha paciencia, era un trabajo muy de manitas que aparentemente no tiene que ver con la escritura. Pero yo juraría que sí tiene que ver: el gusto por escribir a mano y la buena caligrafía... yo sé que esto hoy empieza a ser historia, pero no estoy seguro de que sea superfluo. Todo lo que tenga que ver con escribir a mano me gusta: plumas, bolígrafos, libretas... no sé, serán resabios de la época en que, en mi caso, no había ni máquina de escribir.

P. El padre de Ringo desinfecta cines. Está obsesionado con exterminar unas ratas curiosamente azules...

R. Lo único que puedo decir al respecto es que mi padre trabajó en los servicios municipales de higiene, desinfección y desratización de locales públicos. Me tuve que informar de los métodos de sesenta años atrás para acabar con las ratas azules que al parecer abundaban y eran muy vistosas.

P. Como contrapunto, en los carteles de esos cines aparece una gata como salida de El embrujo de Shanghai.

R. De alguna manera Shanghai era un nombre que en aquel entonces estimulaba la imaginación, la aventura y ese exotismo oriental de Las mil y una noches. En el cine Selecto (muy presente en la novela) pasaban dos películas y varietés. Salía un mago disfrazado de chino, luego un baturro, luego una cupletista... todo muy variado... y luego también una vedette disfrazada de gata con botas que, la verdad, ahora no la veo muy oriental, pero en fin...

P. Ringo y sus amigos viven con verdadero entusiasmo las aventis.

R. Hay un capítulo dedicado a la aventis. Jugábamos a contar aventis cuando no teníamos ni siquiera una pelota de trapo. Contábamos mentiras... es un juego, tenía que ser así. No veo necesidad de explicar en qué consistía exactamente porque está en casi todas mis novelas. Por supuesto, sólo se justifica si hace avanzar la acción o perfila mejor algunos rasgos de los personajes... En fin, si aporta algo al asunto del que trata la obra.

P. La señora Mir sufre un desengaño, pero insiste a Paquita, la dueña del Bar Rosales, que la felicidad hay que buscarla cueste lo que cueste.

R. La señora Mir, personaje central de esta historia, busca la felicidad. Lo hace de forma algo alocada y ridícula, pero está en su derecho. Más que eso; yo opino que la búsqueda de la felicidad es una obligación del ser humano. El padre de una amiga mía decía que quería escribir unas memorias y titularlas Hem vingut a aquest mon a passar l'estiu (Hemos venido a este mundo a pasar el verano) y siempre me ha gustado esa idea.

P. A Ringo le pasa lo mismo que a usted, que va al conservatorio de la calle Bruch y no le permiten estudiar solfeo...R. A Ringo le fastidia que no le dejen estudiar en el Conservatorio Municipal de Música. Por su cuenta consigue aprender un poco de solfeo, es decir, a leer partituras..., pero en su casa no hay dinero. Un cura de mi parroquia, Mosén Amadeo Oller, me enseñó a leer música, luego tomé clases durante algún tiempo hasta que tuve que dejarlo, y lo dejé. En aquel entonces hubiese preferido ser músico y no escritor.

P. Pero alguna satisfacción encontrará en la literatura.

R. Mira, en todas las entrevistas que me hacen se plantea una contradicción flagrante por parte mía: el tema es mi propia persona y mi obra, pero resulta que hablar de mi persona y de mi obra es lo que más me aburre en el mundo, y además recuerdo aquel consejo de Hemingway que dice: "No hables de lo que escribes, porque si lo haces tocarás algo que no debes tocar, y eso se hará pedazos y no te quedará nada". Claro, parece incongruente que se entreviste a un escritor y diga esto, pero toma nota.

P. En Caligrafía de los sueños volvemos a encontrarnos con un personaje que viene de vuelta de muchas cosas, Abel Alonso, ex futbolista, que parece recién salido de una reunión en el Alsaka con los personajes de Si te dicen que caí, y que recuerda a Jan, el ex boxeador de Un día volveré.

R. Son observaciones de mi experiencia en las tabernas del barrio. Bebedores solitarios en actitud reflexiva o depredadora, era una imagen común de hombres derrotados en esa época. Yo trabajo con imágenes. No con ideas. Yo no digo voy a hacer una novela de derrotados de mi barrio. Yo tengo una imagen en la memoria, y esa imagen me sugiere una historia.

P. También se reencuentra con su escenografía tradicional, ese barrio de su infancia que ya es infinito.R. Yo trabajo sobre un mapa urbano real. Trabajo sobre jardines de verdad con ranas de cartón. Todo tiene que ser real, los nombres de las calles, los cines..., pero lo que allí sucede y los personajes es inventado.

P. ¿Puede la literatura servir para ajustar cuentas?R. Con la vida. La literatura es un ajuste de cuentas con la vida, porque la vida no suele ser como la esperábamos. Uno busca un sentido a todo esto y a la vez un vago placer estético. ¿Por qué tomarnos tanto trabajo si la literatura no puede cambiar el mundo, no influye en la mejora de nada, ni siquiera cuando denuncia los peores crímenes de la humanidad? No lo sé, pero su origen y su fin está en dar testimonio, tanto de las pesadillas como de los sueños felices de todos nosotros.

P. Ringo siente el impulso de escribir: "Cree que solamente en ese territorio ignoto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos...".R. Ringo está en conflicto con la realidad: no la acepta, la repudia. Sin embargo, llegará un momento en que tendrá que pactar con ella y lo hará de una forma singular, mediante la impostura. Es la reflexión de un lector en la época peor de la represión franquista. En los cuarenta, un refugio eran los libros. Los territorios preferidos de Ringo son los de las novelas.

P. La posguerra significó un duro retroceso cultural y dejó a una generación sin oportunidades. ¿Por eso le atrae esa época?R. No invento absolutamente nada si digo que el franquismo fue un atraso que nos remite al siglo XIX, pero si hablo de esa época no es por eso. Tiene que ver con mi infancia y mi adolescencia. Y una serie de hechos importantes de la vida de mi familia es consecuencia de los problemas de esa época. Claro que me hubiera gustado nacer en otro país y en otra época y hasta con otro sexo, por supuesto, pero justo me tocó esto, mira que es mala suerte...

P. ¿Qué lugar ocupa la memoria en su obra? ¿Qué opinión le merece la ley de memoria histórica?R. ¿Qué otra cosa hace un escritor sino trabajar con la memoria? ¿Qué es un escritor si no es memoria? Estoy totalmente a favor de la ley.

P. ¿Qué considera de suma importancia en una novela?

R. Lo importante de una novela es que te transmita una experiencia relacionada con la vida. Debe ser por eso que he perdido el gusto por el género de la ciencia-ficción, aunque reconozco que hay grandes autores en ese género, pero especular con mundos que no existen no me convence. Me considero un escritor condenadamente realista. Y distingo muy bien entre imaginación y fantasía: lo primero me estimula, lo segundo sólo me entretiene. Tampoco me gusta la novela de ideas. Pero, por encima de todo, en una buena novela lo que brilla no es el intelecto, es otra cosa.

P. También nos reencontramos con bailes populares como el de la Cooperativa La Lealtad. ¿Le gustaba ir?

R. La Cooperativa La Lealtad estaba en lo que hoy es el Teatre Lliure, en Gràcia. Era uno de tantos bailes que tenían que ver con asociaciones culturales obreras, tenían lugar los domingos por la tarde. Necesitaba recuperar ese escenario y busqué información sobre él. Yo acudí un par de veces a los 16 años...

P. Entonces queda claro que el tal Marsé que en Últimas tardes con Teresa aprovecha el bullicio de un baile para pellizcar el culo de la joven burguesa era usted.

R. Sí, era yo. Me di ese gustazo.

----------------------------------------------------------

Miniletras frente a la crisis

Antonio Fraguas - Madrid EL PAIS - 29/11/2010


Se pueden sujetar con una sola mano, son ligeros, se leen con el texto apaisado y,
cuando están abiertos, su aspecto recuerda al de un libro electrónico... pero de
papel. Son los Librinos, un formato de bolsillo de "última generación" a la venta en cientos de librerías españolas. Ediciones B ha distribuido 120.000 ejemplares de seis títulos superventas. "Sí que se parece a un eReader, pero sobre todo es un auténtico libro de bolsillo, que de verdad cabe en cualquier parte y que va a dar la vida a los lectores que pasan mucho tiempo en transportes públicos", indican desde la editorial.

Primero fueron los libros bajo demanda (que se imprimen solo en el momento en que son comprados), luego llegaron los ejemplares acuáticos (sumergibles) que lanzó la editorial Santillana para su sello Punto de Lectura y, ahora, de cara a la campaña navideña, es el turno de los Librinos. A 9,95 euros por título, representan la última reacción del mundo editorial a la crisis y a las incertidumbres que siembran los libros digitales entre editores, distribuidores y libreros. "Si no queremos perder cancha con respecto al libro electrónico, los Librinos son una manera divertida para acercarnos a ese formato", afirma Patricia García, de la cadena de tiendas culturales Fnac.

La idea original de este formato surgió en Holanda, cuando el fabricante de Biblias y libros religiosos Jongbloed decidió contactar con un editor generalista. Allí se llamaron dwarsligger. "El éxito de esa colección en Holanda, cuyo primer lanzamiento fue en septiembre de 2009, ha sido tal que en poco más de un año se han publicado más de 90 títulos", indican desde la editorial.

La utilización de papel biblia permite un número de páginas elevado. Patricia García asegura que el formato no va a pasar inadvertido: "Primero no lo veíamos muy claro, pero cuando los tuvimos en las manos comprobamos la ventaja de tener en ese formato un título de 700 páginas".

Las obras que debutan en este formato (con 20.000 ejemplares para cada uno) son El psicoanalista, de John Katzenbach; Africa-nus, de Santiago Postiguillo;
Postdata: Te quiero, de Cecelia Ahern; Entrevista con el vampiro, de Anne Rice;
Invierno en Madrid, de C. J. Sansom, y El círculo mágico, de Katherine Neville.

El lanzamiento de los Librinos va acompañado de una campaña en Internet, a través de la página www.librinos.com, en la que se ofrece información sobre las novedades editoriales, noticias, orientación sobre dónde encontrar ejemplares, un vídeo explicativo del nuevo formato y acceso a un grupo de la red social Facebook. Cuál será la reacción del público español ante los Librinos es todavía una incógnita.
___________________________________________________________

Los legionarios de Cervantes
LUISGÉ MARTÍN 28/08/2010

Tengo un amigo escritor -y colaborador ocasional de estas páginas- que siempre que puede abomina de la mercantilización de la cultura pero que está intentando desesperadamente ganar el Premio Nadal, el Alfaguara, el Biblioteca Breve o incluso el Planeta. Me relaciono también con otros dos o tres autores, conocidos de todos, que en sus columnas periodísticas arremeten apocalípticamente contra la partitocracia que gobierna España, contra la corrupción rampante y contra la inmoralidad de la sociedad en la que vivimos, y al mismo tiempo forman parte de jurados amañados, acuden a actos inanes pagados suntuosamente con dinero público y organizan camarillas de compadres endogámicas y mafiosas. Y son legión los que, invocando la elevada misión del arte y la austeridad que se le debe, desprecian los laureles y las glorias mundanas justamente hasta que les son concedidos a ellos. En realidad, los escritores no somos muy diferentes de esos obispos que, después de haber manoseado a un niño, se suben al púlpito para tronar contra los pecados de la carne.

Hay dos célebres aforismos que sirven en estos asuntos para aliviar la conciencia: "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago" (Do as I say, not as I do) y "Todos debemos aprender a vivir con nuestras propias contradicciones". Con estas coartadas ya se puede cometer cualquier desmán. Ahí está, por ejemplo, Marcial Maciel, que, aunque fue pederasta, libertino, chantajista, estafador, plagiador, drogadicto e incluso asesino, según aseguran algunos periodistas que investigan su vida, no dejó nunca de predicar la pobreza, la castidad y la misericordia. Sus legionarios reniegan hoy de él, pero siguen bendiciendo sus enseñanzas sin pararse ni un instante a pensar que tal vez tanto rigor moral sólo puede ser concebido por una mente gangrenada. El trigo que es fácil de predicar pero imposible de ser dado no es nunca trigo limpio.

Hace poco le oí decir a Carlos Zanón, un escritor casi secreto, que la inteligencia es esa cualidad que le sirve a quien la tiene para darse cuenta de las trampas que se tiende a sí mismo, de los engaños con los que trata de embaucarse. Me pareció una definición fascinante. La inteligencia, de ese modo, sería la capacidad de no ser inconsecuente. La capacidad de mantener algún grado de coherencia -más allá de la retórica- entre lo que se dice y lo que se hace. El hilo que une los pensamientos y los actos.

Un sermoneador sólo tiene tres posibilidades taxonómicas: ser consecuente con sus sermones, ser un cínico o ser imbécil. ¿En cuál de las tres categorías debemos colocar al aspirante a un gran premio comercial que rechaza la mercantilización de la cultura, al apóstol de la pureza que exige un hotel de cinco estrellas pagado con dinero público y al fustigador de la frivolidad del mundo literario que busca cada noche su nombre en Google? En la primera de ellas no, por supuesto.

En los libros he encontrado siempre, desde mi adolescencia, las cavilaciones más lúcidas sobre la naturaleza humana. Los escritores -los buenos- son capaces de representar como nadie las flaquezas, las ambiciones y las miserias del alma. Resulta llamativo, por tanto, que no acierten a reconocerlas en sí mismos al primer vistazo. O que, si lo hacen, no enmienden luego sus soflamas. Habría que plantearles a muchos de ellos la disyuntiva que Juan Ramón Jiménez le ofrecía a León Felipe en la guerra, según recuerda Trapiello en Las armas y las letras: "O no gritar tanto o a las trincheras, León Felipe".


Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor entre otros libros de Las manos cortadas.
.